Archive for 17 diciembre 2013

Página en blanco

17/12/2013

No puedo más, a este paso me voy a morir de hambre, así que he decidido darme de baja de mi servicio de Internet

Nunca he sido lo que se dice un escritor prolífico -ni mucho menos llego a la productividad de la que alardeaba Stephen King en una entrevista publicada el pasado domingo por la revista dominical de El País, que recomiendo-, pero hubo una época en que mis escritos me alimentaron, y no me refiero al alma, sino a irme a la cama con una sopa caliente en el estómago, porque, incluso con el pecho henchido de poesía y emoción, uno, si no come, se puede morir de inanición.

Yo iba entregando mis creaciones a mi editor y éste iba financiando mis caprichos de anacoreta capitalista. Cumplía, casi siempre, los plazos de entrega y cuando no lo hacía era a causa de la especial opacidad que la página blanca me había mostrado los días anteriores. ¿Qué escultor de negro sobre blanco no ha conocido alguna vez la tiranía del folio desierto? Se trata de una lucha de la que, si no desesperas, sales generalmente triunfante, sin entrar a valorar la calidad del resultado.

El problema ahora es que cuando me concentro en lanzar una llamada a las Musas y éstas -tan distraídas ellas siempre- tardan en contestar, mis ojos, que antes se ufanaban en traspasar la blanqueada celulosa, se van, ahora que sobrevuelan un mundo de píxeles e impulsos eléctricos, hacia un simbolito presidido por una “G”, con la estúpida idea de que el buscador Google nos va a dar -a mis cansados ojos y a mí- una brillante idea para que la desarrollemos. Falso!, no caigáis en la tentación, porque acabaréis, como yo, consultando el precio de los artilugios más inverosímiles o, mucho peor, mirando ofertas increíbles de páginas de autoedición.

Aprecio a mi agente literario de toda la vida, así que, adiós Internet, hola vieja Olivetti!

P.D.: Seguiré nutriendo este blog desde el papel, tan blanco, tan puro él.

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16 horas, 22 minutos y 5 segundos

13/12/2013

Empleo 16 horas, 22 minutos y 5 segundos al día en hallar el momento exacto de mi muerte,

no la que vendrá, definitiva y azul,

sino la que me ha asaltado en una calle de farolas cansadas para robarme mi brújula estropeada.

Nunca me dijo dónde estaba el norte, pero me daba seguridad,

en el aparente caos de su girar, la aguja me marcaba los miles de caminos de sal y horizontes.

Empleo 16 horas, 22 minutos y 5 segundos al día en buscar la grieta que una vez me devolvió,

con su garganta metálica y húmeda,

el eco de un pecho desvaneciéndose en una fosa abisal, negritud inabarcable, fin.

La fuerza de mi paso, el calor de mi aliento, el impulso hacia el abismo de luz, todo se ha ido,

y yo empleo 16 horas, 22 minutos y 5 segundos cada día en conocer el instante fatídico en que desaprendí a vivir.


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