Archive for 27 abril 2011

Buenafuente y olé

27/04/2011

Un día decidí abrir este blog para que funcionase a modo de diario de ciertas cosas que me conmueven, me cabrean, me alegran y me afectan en general. Quise empezar a dejar constancia a mi yo del futuro porque soy un desastre y olvido con facilidad; además está la ventaja de abrir este diario en cualquier parte del mundo con conexión a internet. Otro tema son las redes sociales, ese territorio por donde campan algunos (que no todos, por suerte) kamikazes llenos de anónima imbecilidad. Me niego a formar parte de Facebook hasta el hipotético día que se demuestre que tiene más ventajas que inconvenientes para nuestra sociedad (Algún día hablaré de las revueltas digitales árabes). Nunca he utilizado el Messenger, ya en vías de extinción. Al Tuenti llegué tarde por edad. No me gustan estas tecnologías tan asépticas como rápidas. Twitter me parece el cénit de la mala educación, el símbolo de los nuevos tiempos, de jóvenes monosilábicos y pensamiento minimalista, sin eñes, sin mayúsculas, sin tildes… Y sin embargo un mal día me decidí, espoleado por un amigo informático, a crear una cuenta en esta red de microblogging con una única intención: hacerle llegar a Buenafuente mi completa admiración por su trabajo. Mi aventura en este hervidero de autistas arrancó el mismo día que el genial showman entrevistó a González-Sinde, el resto de la historia ya la conocéis.
Bueno, he contado todo esto para que entendáis que estoy totalmente de acuerdo con el manifiesto colgado por Buenafuente en su blog y que podési leer pinchando aquí.
Olé tu forma de ser, Buenafuente.

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Estúpida vida digital

15/04/2011

He mirado mi facebook, mi twitter, mi flickr, mis cinco cuentas de correo y algunos vídeos estúpidamente graciosos en youtube. Como consecuencia no he jugado en todo el día con mis hijas y mi mujer se ha enfadado muchísimo. Estoy triste, creo que buscaré una bonita postal electrónica y se la enviaré a su correo, eso seguro que la anima, o no… Colgaré un tweet en busca de respuestas. Espero que no me lleve mucho tiempo. Bueno, no importa, mis hijas ya están en la cama y mi mujer no me habla, tengo toda la noche por delante.

Gracias

08/04/2011

Los hombros pesados, de vuelta a casa en el mismo tren cada día, miradas cansadas, desconfiadas, temerosas, olor a aliento y tabaco, y uno va pensando que no es muy diferente de la oficina, donde los jefes compiten por alcanzar la nota más alta en sus reproches y en sus bailes con las colas desplegadas y “tienes tanto que aprender, pequeña escoria del rincón” y Javier con las mismas estúpidas anécdotas cada día y el perfume no apto para asmáticos de Marietta, que se adivina tres manzanas antes de que su sombra se alargue sobre la recepción. Y la recepcionista, ávida zorra huérfana de gallineros, y los pasillos fatigados de fantasmas que ni siquiera recogen el eco de un hola esperanzado. Y el dolor en mi cara que no quiere olvidar la sonrisa. Y la evasión imposible. Porque en cada uno de mis días hay un terremoto amenazando los escombros que atesoran los hijos del sol naciente, hay un enfermo de SIDA que asesina a once niños en Brasil, hay un periodista asturiano atrapado en las fauces sanguinolentas de Gadafi, hay varios cadáveres tomando el sol en las playas de Lampedusa, y Berlusconis y Gbagbos y eurodiputados somnolientos en primera clase y sangre, mucha sangre. Hastío. Desesperanza. Desasosiego. Desaliento. Desilusión. Desubicado, completamente. Y el tren llega y pasos pesados me llevan a casa bajo un cielo carente de estrellas. Nadie me espera. El sofá me abraza y cuando estoy a punto de enrolarme en un ejército de sombras eternas -siempre al acecho de los que desfallecen- enciendo la tele, Berto grita como anunciando el combate de boxeo del siglo y aparece Buenafuente para decirme, una vez más, que en la risa está la salvación. Mi cara se relaja, sonrío sin esfuerzo. Vuelvo a creer en el ser humano. Mañana será otro día.


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