A los que me han dado la vida

En mis tardes no hay paseos melancólicos por la orilla del Hudson ni traducciones inestimables del alemán ni recuerdos que se hacen carne en un cuaderno de nieve. Mis noches tampoco son mucho más espectaculares, no hay güisqui al son de risas eruditas ni malediciencias a coro en torno a los años pasados en Cambridge, y, por supuesto, las afables polémicas sobre la etimología de ciertas palabras como “verbo”, brillan por su ausencia. No hay, en mi vida en general, un sustrato fértil donde se anclen las palabras una vez salen de mi pecho; parece que viviera en barbecho desde que tengo uso de razón. Y sin embargo, doy gracias a los que me anteceden y me han dado la vida, porque lo que seré, que es mucho más de lo mejor que puedo imaginar, se lo debo a ellos. Ellos son el río Hudson, Cambridge, las tertulias literarias y el qüisqui Gran Reserva con el que brindo por vosotros y por la vida. Salud.

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