Palestina y Justicia: no me lo creo

El periodista Alan Hart cuenta en su libro “Sionismo: El enemigo real de los judíos” la respuesta obtenida de Golda Meir -primera ministra israelí entre 1969 y 1974- cuando, en plena entrevista y lleno de incredulidad, le preguntó a la mandataria si estaba diciendo que en el caso de que Israel fuera a ser derrotado, estarían dispuestos a utilizar sus misiles nucleares y arrasar todo el territorio, haciendo desaparecer el preciado objeto por el que luchan. La respuesta de Meir fue clara: “Es exactamente lo que estoy diciendo”. Esa sangre fría y ese odio que dejan traslucir sus palabras, han pasado de una generación a otra con todo el potencial destructor intacto. De ahí que ante la reanudación de las conversaciones entre Israel y Palestina, a partir de hoy en Washington, yo no pueda mostrar otra cosa que dudas ante un futuro que normalmente me gusta pintar de verde. Todo han sido bonitas palabras -aunque sin olvidar sus respectivas exigencias- entre Netanyahu y Abbas, y siempre bajo la atenta mirada de un árbitro llamado Obama, la gran esperanza negra de la humanidad, cuya capacidad generadora de ilusión, venida a menos, necesita de un gran golpe de efecto; siempre sin olvidar la necesidad de Estados Unidos de recabar apoyos dentro del mundo árabe para luchar contra el demonio iraní.

Ahora los dirigentes de ambos ¿países? (Palestina no es nada desde 1948) se han comprometido a mantener reuniones cada quince días, para ir avanzando hacia una paz de convivencia. Creo, con tristeza, que varios atentados frenarán pronto este intento, ni Hamas ni los gobernantes de Israel están dispuestos a vivir junto a tan incómodos vecinos, sería como encerrar en una jaula de un metro por un metro a un ratón, un gato y un perro, o lo que es lo mismo: juntar a Palestina, Israel y EEUU. En cambio creo, con esperanza, que los ciudadanos (en todo el sentido de la palabra) de ambos territorios enfrentados, estarían dispuestos a convivir intentando cerrar cada día las heridas del pasado, ya que nadie, en el fondo, quiere que sus hijos vivan en un infierno.

Hay esperanza, siempre, es la última frontera antes del abismo, pero algo me impide creer en que algún día exista una Justicia para Palestina, como la hay para la memoria de los supervivientes del Holocausto.

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