Recién alumbrado al infierno

Una buena amiga mía que es escritora, pero cuya inseguridad le impide ser consciente de su valía, lo que implica que continuamente realice cursos para llegar a ser una Cervantes del siglo XXI, me envió un ejercicio en el que tenía que plasmar en negro sobre blanco los pensamientos de un feto 20 minutos antes de nacer. Me hizo llegar un relato sorprendente que dejo aquí para vuestro deleite:

No sé que está ocurriendo aquí dentro pero de repente, toda la tranquilidad que me envolvió durante estos nueve meses se está esfumando. Mamá está inquieta, lo noto, aunque de su boca no sale ni una sola palabra, el silencio nos rodea a los dos y yo no sé que hacer para tranquilizarla. Lo único que sé es que no quiero abandonar este lugar. Papá dijo que iba a buscar a la santera para que la ayudara a parir. ¿Qué será eso?. Luego se fue y dejó a mamá sola, asustada y tiritando de  frío, o de nervios, o de no sé que… sintiéndose cada vez peor, tanto, que tuvo que recostarse en un incómodo catre donde, se supone, tendría que prepararse para recibirme a mí. Pues… lo siento por ellos pero me niego a salir. No me apetece conocer ese mundo al que durante tantos meses he oído rugir furioso a través del vientre de mi madre. Ahí fuera tengo otros cuatro hermanos que escucho  llorar  todo el día porque  tienen hambre y frío y porque, aunque son pequeños todavía, la gente mayor les obliga a trabajar muchas horas  y ellos, a cambio de no ser castigados, se dejan azotar  por el látigo de la tiranía. ¿Tiranía? Tampoco sé que es eso, aunque a menudo se lo escucho decir a papá, de todas formas esa palabra me da mucho miedo… Últimamente papá dice unas palabras muy raras, llenas de rabia… ¡hijos de la gran puta! —grita cuando está solo con mamá—  ¡que son todos unos hijos de la gran puta! me obligan a vivir en la miseria y yo necesito alimentar a mi familia, necesito recuperar mi dignidad y dar ejemplo a mis hijos. Malditos tiranos, me están hartando y si quieren guerra la van a tener, un día de estos conseguiré ahogarlos a todos en su propia mierda sin darles tiempo al más leve indicio de arrepentimiento. ¡Lo juro!

¿De quién estará hablando papá?  Yo no lo sé, de verdad, por mucha atención que pongo no logro enterarme, pero… qué mal suena todo esto, ¿verdad?

Que no, que no, que yo no voy a salir de aquí donde estoy calentito y cómodo y donde además tengo toda la comida que necesito. A cualquier hora del día hago lo que me apetece. Buceo en el líquido amniótico y muevo mis brazos y mis piernas como quiero, y cuando me canso vuelvo a dormirme hasta que mamá, obligada también a trabajar mucho, con uno de sus múltiples esfuerzos me despierta.

Creo que estoy viviendo en el mejor sitio del mundo, así que está decidido, ¡no voy a salir!  Que no, que no, que no insistáis más, os repito que no voy a salir. ¿Cómo será la vida fuera de aquí? No quiero saberlo, resistiré cómo un campeón. Sí, papá cada vez que habla de mí con mamá le dice que va a tener un campeón; pues eso, seguiré aguantando como lo que soy. Aunque últimamente creo que he crecido demasiado porque mi espacio aquí dentro se fue reduciendo y ya no puedo estirar mis brazos ni mis piernas como al principio; cada día tengo que encogerme un poco más y noto cómo mamá se agobia por llevar tanto peso encima, pero me da  igual, tendrá que acostumbrarse a seguir así porque yo no pienso salir, aguantaré hasta que el Universo deje de estar loco ¿Acaso no tengo derecho a nacer en un mundo mejor?

La gente ahí fuera se sigue peleando y  mamá dice que hay una epidemia de maldad contaminando hasta el aire que se respira, que la avaricia de algunos hombres sin conciencia está permitiendo que a diario se mueran miles de niños de hambre, y lo peor de todo —dice mamá— es que el resto del mundo se cruza de brazos sin hacer nada para evitarlo.

Que no, que no; que no voy a salir. No quiero nacer en un continente donde sólo seré un negrito más, condenado a no poder crecer con los mismos derechos que crecen otros niños más afortunados. No quiero pasar hambre, ni frío, no quiero sufrir, ni tampoco morir antes de tiempo. Quiero sentir la risa de mis hermanos, la ausencia de la necesidad, el destierro de la tiranía. Quiero jugar con la esperanza y derrotar al dragón de la maldad. Quiero nacer en un mundo distinto donde la precariedad no tenga asilo, donde exista comida para todos, ropa, agua, medicinas, ¡vida!

Si salgo a la vida será para vivirla, quiero un cheque en blanco que me garantice que no voy a quedarme en el intento, que podré alcanzar la meta de ser un adulto afortunado, capaz de arrimar el hombro para lograr enderezar el mundo y soñar con alcanzar la felicidad de todos, sin necesidad de recorrer la senda conducida por una triste patera.

Ay, ay, pero… ¿Qué pasa ahora?  Mamá se está quejando mucho y una extraña voz de anciana le está ordenando que empuje, pero ella se siente muy cansada y no tiene fuerzas para obedecer, la anciana insiste con su voz autoritaria para que mamá siga sus instrucciones, y yo, de vez en cuando  noto unos violentos choques de músculos sobre mi cuerpo que me hacen sentir mucho miedo… No sé por qué me parece que me están obligando a salir de mi confortable casita y yo no quiero  ¡no quiero!  ¿Qué pasa, que no me estáis oyendo?

Vaya porvenir que me espera, me temo que ya me están condenando a hacer concesiones en el mismísimo vientre de mi madre…

Pily Vázquez.

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