Monstruos ambulantes

Con lo orgulloso que estaba cuando la ONU aprobó su innovadora idea para utilizar un derivado del cannabis como combustible en los vehículos a motor. Decidió ponerse a investigar cuando descubrió que el humo de los coches mataba más gente que los accidentes de tráfico. Se dijo que la gente seguiría muriendo igual a causa de la combustión del cannabis, pero lo haría con una sonrisa en la boca. Y la idea de repartir felicidad le reconfortaba. Con lo orgulloso que estaba. Después, navegando por Internet, descubrió un estudio que demostraba la directa proporcionalidad entre los años de consumo de porros y el desarrollo de las psicosis. “2050 estará lleno de locos ambulantes”, pensó. Y se puso a trabajar en motores impulsados por hidrógeno. Y mientras avanzaba en sus estudios pensaba continuamente en su hija. 17 años ya!, toda una mujercita! Fue inevitable que se comprara una pistola y que matara al camello que ofrecía felicidad exprés bajo su ventana. Por si acaso, nunca se sabe. Durante 12 interminables años fue observando desde el lado sucio de la manpara el lento deterioro de la mirada de su hija. En ésta, una bipolaridad cruel mitigaba a su manera la ausencia de su padre. Eso y los 10 gramos de marihuana que semanalmente le surtía su amigo Pichu, enamorado de ella desde la infancia, incapaz de soportar un no. De repente todo empezó a oler a descomposición. Y los monstruos ambulantes pueblan las calles desde entonces.

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