Tormenta perfecta

La naturaleza etérea que me caracteriza hace que el viento sea mi fenómeno atmosférico favorito. Me encanta observar cualquier fuerza que se escape al control del hombre y, de momento, aún no podemos ponerle puertas a una Naturaleza cada vez más cabreada con la mosca cojonera llamada ser humano. Me siento intranquilamente bien ante la furia desatada del aire. Me siento bien, pero he de confesar que llevo dos días parapetado en casa mirando hacia la tarima flotante de mi salón para evitar cruzar mi mirada con los ojos de ese demonio llamado Ciclogénesis explosiva, ese Jinete del Apocalipsis que pronunciaba mi nombre a lomos de un caballo de ojos inyectados en sangre. Ahora ya todo ha pasado y parece ser que el huracán anunciado no llegó más que a convertirse en una brisa incapaz de despeinarnos. Qué etéreamente imbécil me siento por haber creído a los medios de incomunicación una y otra vez, olvidándome de que para ellos atraer a la audiencia es lo verdaderamente importante.

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