Mi vecina y la tecnología

Mi vecina del quinto, que es la persona más práctica que he conocido, lleva todo el día apesadumbrada; me enteré de sus cavilaciones esta tarde cuando, tras cruzarme con ella en el rellano del tercero y observar su mirada perdida y hueca de angustia, no pude evitar preguntarle por el motivo de aquella expresión que parecía recién escapada de un lienzo de Münch. ¿No te has enterado?, -me dijo tras explicarle que me preocupaba el encorvamiento de su figura- hoy ha despegado un avión trasmutador de esos que van al espacio. Mi boca abierta por el asombro apenas se organizó para articular una pregunta sobre cuál era el problema del lanzamiento del Endeavour. Me parece increíble que nadie se dé cuenta, me dijo ofendidísima, no van a buscar vida inteligente, ni a experimentar sobre el cultivo de las lentejas, ni siquiera a comprobar los efectos del refrito de ajo en la digestión de los astronautas, no, nada de esas cosas que preocupan a las personas de a pie. Resulta que esa nave que despegó de Cabo Caballeral  va cargada con unos amplios ventanales porque los señoritos que están viviendo allá arriba no ven bien la Tierra. Para que luego me digan que la tecnología y los avances son buena cosa. Yo, que siempre estoy al día sobre estos temas que me apasionan, intento explicarle que  el transbordador va cargado con un módulo, llamado Tranquility, que servirá para ampliar el espacio de trabajo de los habitantes de la Estación Espacial Internacional, y que los ventanales a los que ella se refiere no son otra cosa que una cúpula que permitirá a los astronautas una vista panorámica de la Tierra y del cielo sin distorsiones atmosféricas, algo muy importante para ciertas mediciones basadas en la observación. Tras una pausa en que Rosalinda, que así se llama mi vecina del quinto, me miró casi con desprecio, como si observara a un repugnante insecto incapaz de comprender nada de las cosas realmente importantes para la vida, me espetó: acaso te has preguntado quién va a limpiar esas enormes ventanas!!

Totalmente desarmado por tan sincera y afilada dialéctica, me despedí de ella y ya no pude parar en todo el día de pensar en mis limitaciones para el pensamiento racional.

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