El trono de Alonso y la dignidad de Schumacher

“Muere joven y deja un bonito cadáver”, es una de las máximas de los aspirantes a leyenda, ese puñado de elegidos que acaban entrando en el Olimpo de la inmortalidad para ser narrados de abuelos a nietos a través de los siglos. El recientemente fallecido Michael Jackson es uno de los últimos ejemplos de carrera truncada por una muerte prematura, capaz de borrar de un plumazo cualquier mácula de sospechosa mortalidad y convertir al desaparecido en parte del firmamento eterno; este genio loco se acaba de unir a una lista de lujo en la que están James Dean, Elvis Prestley o Marilyn Monroe. Pero bueno, el señor Jackson será protagonista de este blog otro día, hoy he venido a hablarles de otro Michael, un hombre que igualmente buscaba la perfección en su trabajo y que igualmente la rozó -porque posiblemente no exista- en varias ocasiones, un hombre que sabía encontrar la frialdad necesaria para ser calculadoramente resolutivo, pero al que no le faltaba pasión a pesar de su ascendencia germánica. Un hombre cuyo apellido fue sinónimo de velocidad durante una década… Ya habrán adivinado que les hablo de Michael Schumacher, el siete veces campeón del mundo de Fórmula Uno, dominador absoluto del asfalto hasta la llegada de otro genio más obsesionado aún con la perfección, Fernando Alonso.

El alemán, a pesar de sus sombras en algunos momentos dudosos de competición, fue símbolo de elegancia sobre la pista y lo fue, sobre todo, en el momento de su retirada, convirtiéndose en uno de esos casi inexistentes casos en que una leyenda sale por la puerta grande y no en una caja de pino; su elegante adiós, luchando hasta el final por un título y con todos los récords posibles en el bolsillo sirvió para convencer a los pocos amantes del motor que se resistían a reconocer su grandeza. Se convirtió en ejemplo de dignidad para cualquier deportista. Por eso, a pesar de que soy consciente de que detrás de toda esta operación puede haber una genial estrategia de marketing para reactivar el moribundo circo del señor Ecclestone, me produce tristeza la posibilidad de que Michael Shumacher vuelva  y acabe arrastrándose por las pistas, haciendo que olvidemos el buen sabor de boca dejado por su primera despedida. Mucha gente opina que no tiene nada que perder pues ya lo ha ganado todo; yo, en cambio soy de la opinión de que este año, con su regreso de la mano de Mercedes y Ross Brawn, será el que tenga más que perder, pues la dignidad de una leyenda está al alcance de muy pocos. Además, Schumacher parece no darse cuenta de que tendrá que luchar contra el apetito de triunfos más voraz de la actual parrilla: se llama Fernando Alonso y se acerca a toda velocidad a bordo de un Ferrari para recuperar su trono. Ambos ya se conocen, puede ser un bonito espectáculo… o no.

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