De dioses y píxeles

De vez en cuando, ese estercolero humeante en que se ha convertido la televisión te sorprende con alguna pequeña joya, de esas que permanecen en tu retina más allá de diez minutos, que es el tiempo que tardamos en olvidar los “grandes programas” de la parrilla actual. Últimamente, la encargada de ofrecernos algún signo de vida inteligente al otro lado de las pantallas es la cadena Cuatro -quien, no obstante, y como todas, paga su tasa correspondiente de basura y caspa-. La serie Perdidos, de la que confieso no ser seguidor, tiene alrededor del mundo millones de fanáticos que esperan ansiosos los capítulos de cada nueva temporada. Entre la crítica, en general, cuenta con acérrimos defensores y, por supuesto, con algún que otro vehemente detractor. Yo, con su permiso, no voy a hablar de la serie, ya que para eso existen millones de webs a través de las cuales adentrarse en el mundo de esos personajes atormentados por su pasado, que sufren redención en una isla. Yo quiero hablarles de la promo que la Cuatro se ha sacado de la manga de sus creativos para promocionar la nueva temporada. Se trata, como decía al principio, de una de esas pequeñas joyas donde la conjunción de cada elemento, se transforma en una experiencia irreal, en un cauce de afluentes intuitivos, en una sonrisa infantil e incrédula. Una de las cosas que más me atraen es su curioso efecto contraproducente para el propósito que busca la promo, es decir, a mí no me apetece ver la serie porque no creo que ningún capítulo de la misma pueda superar lo que acabo de ver. Esto parece no importarle al creador de Perdidos, Carlton Cuse, pues, tras confesar su amor incondicional hacia la promoción diseñada por la cadena de los puntos rojos, ha decidido que ésta será la misma que usará la cadena norteamericana ABC para promocionar la temporada final de “Lost“, su título original. Convertida en un fenómeno imparable de visionados en la web, diarios como el Weekly Entertainment, New York Post o Los Angeles Times, ya se han hecho eco de la misma. Y es que supongo que cuando las cosas se hacen con amor y en ellas coinciden la poesía de Omar Khayyam y el universo de Borges con una cuidada producción audiovisual, surgen diamantes como este. “Dijo el sabio, la vida es un tablero de ajedrez…”

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