Es una neurona licuada -meteoro viscoso- la que cae sobre mi pie, falda de la montaña infinita que soy y que mira desde su cumbre coronada de nieves y siglos de segundero. Oteo en busca de plumajes libres y nieblas vírgenes para acabar viendo palpitación y reja apenas, giro mi cuello hacia abajo y veo la sombra, muerte, alquitrán de los días, un merodeo ávido de putrefacción, se estira, se estira, se estira con rumor de goma mojada. Oteo de nuevo, con un poco de desesperanza, dispuesto a la aceptación -casi súplica- del esqueleto volador, la risa adelgazada en un graznido lejano, pero no hay nada más que aproximación al abismo, nada más que la sal que brota de mis ojos dispuesta a derretir el blanco de mi alto y fugaz refugio.
Alquitrán de los días
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